Con el tiempo aprendes la sutil diferencia entre llenar un
vacío y crear una vida. No siempre estamos destinados a la persona que creemos
que es mejor para nosotros. A veces, la única discrepancia que da lugar entre
los errores y los aciertos somos nosotros mismos.
Sí, es cierto. Una relación
se encamina hacia el éxito cuando las dos personas aportan a la otra la misma
cantidad de voto. El comienzo es fácil, sereno e incluso inimaginable, pero
perecedero. Cuando en el mismo momento de empezar una relación te invaden las
dudas, por tus miedos o pesares, si será lo mejor o si debes arriesgar; porque ya sabes cómo podría terminar, la mayoría de las ocasiones caerás y tu demora creará más daño y
enfermedad en la relación, donde llegará un punto en que mires a través de él y
pienses qué te ha llevado a impulsarte para continuar y desgarrarte porque persista. Por eso es necesario
errar y no arrepentirse nunca de tus impulsos, ya que si existieron no fueron
en vano, ni mucho menos.
En cada relación hay esa discontinuidad de progreso que
cambia nuestra perspectiva de futuro (y es que yo nunca he sido de las de
proyectar mi futuro, prefiero gastar mi tiempo en mejorar mi momento). ¿Qué es
lo que empobrece una relación? Principalmente somos nosotros mismos quienes
creamos los problemas, a pesar de factores externos que puedan allegar. Si nos parásemos
a pensar cómo surgen llegaríamos a un esquema básico: el tema de discusión se
centra en una confusión dada por uno de los dos que implica un error del otro y
el consiguiente malestar del otro, dando finalmente a la desconfianza
irracional. Sin saber por qué, buscamos el más mínimo error insignificante que
haga caer a la otra persona. Por qué. El respeto mutuo es fundamental para
crear un ambiente saludable en toda unión. Sobrepasamos la barrera por
iniciativa propia y nos remontamos mentalmente a los errores pasados, dando
forma a un gran problema saturado de detalles que, en algún momento, crearon un malestar en ti, aunque pasajero.
El consejo que os quiero dar es, sencillamente, que
disfrutéis cada segundo y cada detalle de esa persona, que sea como fuere, ha decidido
compartir tiempo de su vida contigo y creo que esa es una gran razón de peso
para agradecer.
Aprended del otro y creced juntos, inventar nuevas formas de
acomodarse a su vida y, aunque no existan grandes similitudes entre vosotros,
tranquilos, hay tiempo para crearlas y descubrirlas. Pero nunca mantengáis una
relación insana, donde lo único “bueno” que haya sea una mera etiqueta social.


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